sábado, 27 de julio de 2013

Un espejo, una señal
   
      Una mañana una mujer que se llamaba Claudia asistió a una entrevista de trabajo. Tenía veinticuatro años, era viuda y madre de tres hijos. Su marido había muerto en un accidente de tránsito hacía cinco años. Claudia lo recordaba diariamente, lo extrañaba mucho y se sentía muy sola. Ella necesitaba trabajar para mantener a su familia y estaba buscando trabajo hacía algunos meses. Según decían sus vecinos, la habían despedido de su empleo anterior porque se comportaba de una manera extraña, cuentan que  una vez fue al baño y rompió un espejo porque vio en él a su esposo muerto hablándole.
      La persona que tenía que entrevistar a Claudia no había llegado y entonces la hicieron esperar en una oficina donde le dieron un rico café. Ella estaba muy nerviosa y se empezó a inquietar, se movía de un lado a otro, parecía un león enjaulado. Fue en una de esas movidas cuando se topó con un cuadro que le llamó la atención, lo miró y lo agarró. Era extraño: tenía la imagen de una madre con sus tres hijos. A Claudia le llamó la atención eso, pero no le dio mucha importancia.
    Ya era el mediodía y el señor no llegaba. Claudia cansada de esperar, estaba a punto de irse, cuando de repente se dio vuelta y vio que el cuadro giraba en dirección a una puerta. Entonces, Claudia se dirigió hacía allí, la abrió y cuando la atravesó, ingresó a una habitación llena de espejos. En todos estaba la imagen de su marido que con una sonrisa le decía que estuviera tranquila, que pronto encontraría trabajo. En ese instante se escuchó la voz de un hombre que decía:
― Buen día, soy el señor González, el jefe de esta casa de diseño e indumentaria.
Esta es la habitación donde las modelos se hacen las pruebas de ropa que saldrá a la venta; por eso, como vio, está llena de espejos, ¿comenzamos con la entrevista?
― Por supuesto. Soy Claudia Vega, diseñadora de modas.
La entrevista duró casi una hora, Claudia consiguió el empleo y se sentía feliz  

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